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Mis primeras lecturas: los tebeos.

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Mi iniciación a la lectura fue, como en la mayoría de los casos, gracias a los cuentos infantiles. Esos que no solo eran cuadrados, sino que tenían formas redondeadas o de animales en los que, en cada página, había una ilustración con no demasiado texto. Los recuerdo con mucho cariño. Lamentablemente no conservo ninguno.

Después llegaron los cómics. Los primeros fueron los de Bruguera: Mortadelo y Filemón, Pepe Gotera y Otilio (estos no me gustaban mucho, pero los recuerdo con mucha intensidad), Zipi y Zape y los álbumes semanales que agrupaban multitud de personajes diferentes.

 

Cada semana utilizaba parte de la paga que me daban mis padres para adquirir el tebeo que más me llamase la atención. Era muy curioso que había multitud muy parecidos que, incluso, compartían personajes y autores. En mi elección la portada era fundamental y escogía la más «chula». Aunque algunos de estos utilizaban el truco de poner historias largas por episodios para que comprases la siguiente, como en el caso de Mortadelo y Filemón, a mí, estas me gustaba más leerlas del tirón, por lo que daba la paliza a mis padres hasta que me compraban el tebeo completo, que también se publicaba.
 

 

Este fue el segundo paso: la colección «Olé!» de Bruguera. Atesoré los cómics de Mortadelo y Filemón ―mis preferidos―, aunque en algún momento se me han perdido la mayoría. El premio gordo eran los tomos de «Súper humor» que mis padres me regalaban en fiestas señaladas. En estos, se recopilaban varias aventuras completas de mis personajes preferidos y llegué a «coleccionar» los disfraces de Mortadelo, dibujándolos en un cuaderno. Lamento haber perdido ese cuaderno también.

Las historietas de estos dos personajes, creados por Francisco Ibáñez, han perdurado hasta nuestros días, aunque me temo que los lectores seguimos siendo los mismos, no de cantidad, me refiero a LOS MISMOS, aunque con algunos añitos más. Y vista esta circunstancia, Ibáñez ha adaptado sus aventuras y no es raro encontrar temas poco infantiles, como política, corrupción y otros asuntos de actualidad.

 

 

El espíritu de cada cómic era siempre el mismo: había un problema que solo los agentes de la TIA (Técnicos de investigación aeroterráquea) podían resolver. El álbum se dividía en varios episodios que se estructuraban igual: tenían que capturar a uno de los malos o investigar a uno de los sospechos; se sucedían diferentes bromas basadas en torpezas y equívocos, y finalmente el superintendente Vicente o el profesor Bacterio, o algún otro terminaba vendado como una momia o en silla de ruedas y persiguiendo a Mortadelo y Filemón o buscándolos por el Polo Sur (por los pingüinos).
 

 
El sentido del humor de Ibáñez unido a su habilidad para dibujar eran fundamentales para mantenerte pegado a las páginas con olor a tinta y animarte a comprar la siguiente aventura.

 

Luego conocí a «Don Miki», que también fue de mis favoritos, pero de esto haré una entrada especial.

Más tarde fue el momento de Super López, con historias tan increíbles como la del supergrupo. Aunque de Mortadelo y Filemón me gustaba todo, con Super López me ocurría que unas historias me alucinaban y otras, en cambio, las terminaba porque me había comprado el tebeo, pero se me hacían aburridas. Aún así, creo que conservo todos los volúmenes de Súper López.

Y, aunque hubo muchos cómics más, incluyendo los de superhéroes, recuerdo con mucho agrado los de los Pitufos. Aunque sus aventuras pasaron a la tele en un formato más infantil, en los tebeos, la mayoría de las historietas eran muy divertidas y potables, incluso, para los adolescentes. Además, solían ambientarse en bosques, castillos, la casa del brujo Gargamel y en esos sitios que me gustan una barbaridad.

 

Especialmente me gustó, como no podía ser de otra forma, «El cosmopitufo».

«Los Pitufos», entre otros, han tenido una enorme influencia en la escritura de mi libro «La Torre de Sabiduría. El libro de Mikel». Pues en él se refleja este espíritu de vida en la naturaleza y de aventuras jugando con elementos como animales, tempestades, utilizando el viento, plantas e inventos pseudomágicos para viajar, etc.

Igualmente, el humor absurdo y las aventuras dispares de los dos detectives de la TIA han tenido su reflejo en «La Biblioteca Viviente». Aunque ha habido muchas más lecturas, de las que hablaré en otra entrada, mis influencias, por suerte, han sido muy eclécticas.

 

 

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